lunes, 24 de diciembre de 2018

Migrantes



Esta semana hemos conmemorado el día internacional del migrante. El lema de este año es migración con dignidad. La dignidad hace referencia al reconocimiento de que somos personas iguales, que tenemos los mismos derechos y deberíamos tener las mismas oportunidades. Como diría Kant, un ser humano es quien tiene dignidad y no precio, quien debe ser un fin y nunca un medio para nuestro beneficio. A partir de esta mínima igualdad hablamos de humanidad. Los partidos de derecha y de extrema derecha vociferan que la inmigración está produciendo una auténtica catástrofe nacional. Una mentira que repiten sin cesar en sus medios, hasta convertir el mensaje en un masaje, es decir, hasta producir miedo y odio hacia el inmigrante. Mientras, los utilizan para bajar los salarios. 

Por supuesto que hablamos de emigrantes pobres. A los de la visa oro les sonreímos y ponemos alfombra. Y así capitalizan en votos el descontento producido por la desigualdad derivada de sus políticas. ¡Qué espectáculo: pobres contra pobres! Un pueblo como el nuestro, forjado en la emigración y que está viendo cómo sus hijos deben emigrar a otros países para poder vivir dignamente, no es capaz de comprender que nosotros hemos sido y seremos como ellos. Pero tampoco alcaldes de partidos supuestamente de izquierdas quedan al margen de tanta indignidad. Con la defensa de los puestos de trabajo justifican la fabricación de bombas y de fragatas con las que se asesinan a mujeres y niños, y de las que huyen los refugiados que llegan a nuestras costas. Doce murieron ayer. Póngale música a tanta inhumanidad y tanto cinismo y verán qué villancico más bonito les sale.



Domingo García-Marzá. Catedrático de Ética (UJI, 21/12/18). El texto se puede consultar en la dirección:
https://www.elperiodicomediterraneo.com/noticias/contra/migrantes_1192103.html?fbclid=IwAR09IpUuvi1ODVQvxvgwd-eXASd8M3DkepZ8uxQSTuSb1XPweJIodfxGKE8

viernes, 14 de diciembre de 2018

Democracia iliberal

Para algunos políticos la era de la democracia liberal ha terminado. Lo que ahora hace falta, dicen, es un nuevo tipo de democracia, una democracia iliberal, donde lo importante son líderes fuertes que tengan todo el poder, que sacrifiquen los derechos y libertades que hagan falta y así solucionar los problemas que nos agobian como el desempleo, la desigualdad, la inmigración, la unidad de la patria, etc. Qué curioso, se repiten los mismos argumentos en Hungría, Rusia o España. Sin embargo, las nefastas consecuencias de este retroceso democrático no tardan en aparecer.

Afirmaba Ortega y Gasset que democracia y liberalismo son dos respuestas distintas a dos preguntas bien diferentes: quién gobierna y cómo gobierna. Las dos cuestiones son necesarias y su integración es lo que entendemos por democracia: gobierna el pueblo a través de sus representantes y este poder siempre debe estar limitado, controlado por los mismos ciudadanos. De ahí, la división de poderes, la protección de los derechos y la garantía de la igualdad económica y social suficiente para que sean efectivos. De ahí también una sociedad civil fuerte que, sin ser política, tenga responsabilidad pública. Sin este liberalismo, sin protección jurídica y social, sin derecho de expresión o de información, sin una prensa libre, sin un pluralismo cultural y religioso, etc. no hay democracia sino dictadura. Estamos viendo que incluso existen dictaduras elegidas por una manipulada mayoría. Para evitar estas modernas autocracias existen las constituciones. No lo olvidemos cuando revisemos la nuestra.



Domingo García-Marzá. Catedrático de Ética (UJI, 14/12/18). El texto se puede consultar en la dirección:
https://www.elperiodicomediterraneo.com/noticias/contra/democracia-iliberal_1190621.html?fbclid=IwAR2dnDLRPa7ol4Dd2Xwjnbp7shTOHhL6xCRYiP1Fzv96C5IibcLT_cjc2uw

sábado, 8 de diciembre de 2018

Retroceso democrático

Bueno, ya están aquí. No podíamos ser menos que el resto de países europeos. Ya hemos elegido a políticos que creen que nos sobran derechos, como el de la igualdad de las mujeres; que afirman que toda la educación actual, menos la suya, es adoctrinamiento; que hay que eliminar las autonomías; que debemos limitar la libertad de prensa, en especial la crítica; que la culpa de todos la tienen los emigrantes; etc. Hoy, 40 años después de haber conseguido un acuerdo entre todos los españoles sobre qué significa un estado social y democrático de derecho, nuestra democracia no solo no se ha consolidado, sino que se está diluyendo, vaciando. No es posible continuar mirando hacia otro lado, repartiendo presupuestos de forma asimétrica o falseando las estadísticas y los sondeos.

En una entrevista al filósofo Jürgen Habermas sobre la descomposición europea nos hablaba del auge de la extrema derecha que, poco a poco, va rellenando los huecos que dejan la rabia y la indignación producidas por unos sistemas democráticos alejados de los ciudadanos. Unas democracias que solo saben hablar de austeridad, que han llevado a sus naciones a extremos desconocidos de desigualdad y abandono. Esta es la razón de tanto populismo, no los inmigrantes. No es nada casual la aparición de alternativas que esconden nuevas formas de autoritarismo y opresión. Debemos atajar estas desigualdades entre personas y territorios, si queremos seguir hablando de democracia. La entrevista terminaba con una frase lapidaria: el punto en el que no hay vuelta atrás no se ve hasta que es demasiado tarde.


Domingo García-Marzá. Catedrático de Ética (UJI, 07/12/18). El texto se puede consultar en la dirección: https://www.elperiodicomediterraneo.com/noticias/contra/retroceso-democratico_1189158.html

viernes, 30 de noviembre de 2018

El futuro de la democracia

En el mundo social la realidad la construimos unos con otros, aunque muchas veces mejor sería decir unos contra otros. No está ya creada y nos adaptamos, como ocurre con la naturaleza. Las palabras, las ideas y las creencias, son los materiales con los que forjamos la sociedad y sus instituciones, sociales, políticas y económicas. No existen leyes inmutables en economía, eso es mentira. Lo posible y lo imposible lo acordamos nosotros. Quien tenga poder, vamos. Pongamos un ejemplo.

Si nos equivocamos al definir la gravedad lo más seguro es que nos demos un buen tortazo, pero la gravedad seguirá siendo la misma. Pero, nos recordaba Sartori, un buen teórico de la democracia, si nos equivocamos sobre qué significa democracia, a largo plazo corremos el peligro de rechazar algo que no hemos identificado bien y de recibir a cambio algo que no quisiéramos de modo alguno. Esto es lo que está pasando hoy con la aparición de gobiernos que se dicen democráticos, que hablan y actúan en nombre del pueblo, pero que son apolíticos, reniegan de los partidos y apoyan su legitimidad en una opinión pública fabricada y en una determinada, y siempre oportuna, religión.

Este populismo, que rechaza lo poco alcanzado por nuestras democracias, recibe ya uno de cada cuatro votos en la Unión Europea. El peligro que corremos lo conocemos bien aquellos que hemos nacido en una democracia orgánica. Nombre muy original para denominar a una dictadura que aún ostenta en cunetas y cementerios sus buenos resultados. Sin memoria no hay futuro.

Domingo García-Marzá. Catedrático de Ética (UJI, 30/11/2018). El texto se puede consultar en la dirección: https://www.elperiodicomediterraneo.com/noticias/contra/futuro-democracia_1187691.html

sábado, 24 de noviembre de 2018

Mejorar la universidad

Cuando escuchen que debemos cambiar la universidad pública, piensen que suelen referirse a su conversión en una empresa financiada por todos y donde solo unos pocos puedan estudiar. En plena sociedad llamada del conocimiento, donde el saber es la principal fuerza productiva, ya se imaginan lo que significa pocos. Hoy, en España, ocho de cada diez descendientes de familias pobres seguirán siéndolo. Y a esta injusticia le llaman eficiencia. La obligación de la universidad pública es ser inclusiva, no dejar a nadie sin oportunidades para llevar a cabo una vida digna.

Por supuesto que debemos mejorar. En primer lugar, necesitamos más autonomía, más capacidad para decidir frente a una administración que nos limita con sus bajos presupuestos y con el consiguiente servilismo partidista. Si no nos callamos, puede ser peor. En segundo lugar, se requiere una mayor participación de todos los implicados en la actividad universitaria. Corresponsabilidad es la palabra. No solo del alumnado, del personal de administración y del profesorado. También de los destinatarios del servicio público que ofrecemos: ciudadanos, municipios, empresas, etc. No olviden nunca que la responsabilidad es proporcional al poder. Por último, la institución universitaria tiene que responder de sus resultados, de sus avances en el logro de su objetivo, que no es otro que la transformación social. En nuestro caso, tenemos definido un plan de responsabilidad social, una rendición de cuentas trasparente. Corresponde al actual equipo de gobierno ponerlo en marcha y a la sociedad exigirlo.

Domingo García-Marzá. Catedrático de Ética (UJI). El texto se puede consultar en la dirección: https://www.elperiodicomediterraneo.com/noticias/contra/mejorar-universidad_1186205.html